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Inanna (Ishtar)

Enmerkar y el señor de Aratta

Enmerkar y el señor de Aratta

Es un poema sumerio que cuenta la historia de Enmerkar y el señor de Aratta, descubierto en 1946 por Samuel Noah Kramer. Fue reconstruido de una veintena de tablillas de arcilla que tiene el Museo de Antigüedades Orientales de Estambul. Está escrito en lengua sumeria en unas doce columnas, y esta datada en el período neo-sumerio.

El poema narra en tono heroico lo acontecido entre Enmerkar, un héroe sumerio que gobernaba Uruk, y un gobernante anónimo que había en la ciudad de Aratta, situada en algún lugar entre Irán y Armenia.

Se describe a Aratta como una ciudad próspera y legendaria, rica en metales y piedras preciosas. La narración cuenta cómo Enmerkar, hijo del dios del sol Utu, invoca a la diosa Inanna, su hermana gemela, rogándole que haga que Aratta le aporte oro, plata, lapislázuli y piedras preciosas como la cornalina. La diosa Inanna concedía a la ciudad de Aratta lo siguiente:

Crecía trigo por sí solo,
como las habichuelas.
Colocaban el grano en sacos sobre los burros
que llevaban canastas a ambos lados.

Mitos de Inanna

Los caprichos de Enmerkar

Enmerkar que fue el segundo rey de la I dinastía de Uruk, se creía que era superior al gobernante de Aratta, y decidió pedir ayuda a Inanna para que la ciudad se sometiera a Uruk. El poema dice lo siguiente:

Un día, el rey escogido por Inanna en su corazón sagrado,
escogido para el país de Shuba por Inanna en su corazón sagrado,
Enmerkar, el hijo de Utu,
a su hermana, la reina del buen […]
A la santa Inanna envía una súplica:
«Oh, hermana mía, Inanna: por Uruk,
haz que los habitantes de Aratta
modelen artísticamente el oro y la plata,
que traigan el noble lapislázuli extraído de la roca,
Que traigan las piedras preciosas
y el noble lapislázuli.


De Uruk, la tierra sagrada […],
De la mansión de Anshan, donde tú resides,
que construyan los […]
Del santo gipar donde tú has establecido tu morada,
que el pueblo de Aratta decore artísticamente el interior.
Yo, yo mismo, ofreceré entonces plegarias […]
Pero que Aratta se someta a Uruk,
que los habitantes de Aratta […]
Habiendo descendido de sus altas tierras
las piedras de las montañas,
construyan para mí la gran Capilla,
erijan para mí el gran Santuario,
hagan surgir para mí el gran Santuario,
el Santuario de los dioses.


Apliquen a mi favor mis órdenes sublimes a Kullab,
me construyan el Abzu como una montaña centelleante,
me hagan brillar Eridu como un monte,
me hagan surgir la gran Capilla del Abzu como una gruta.
Y yo, cuando, saliendo del Abzu repetiré los cánticos,
cuando traeré de Eridú las leyes divinas,
cuando haré florecer la noble dignidad de En como un […],
Cuando colocaré la corona sobre mi cabeza en Uruk, en Kullab,
ojalá que el […] de la gran Capilla sea llevado al gipar,
ojalá que el […] del gipar sea llevado a la gran Capilla.
¡Y que el pueblo admire y apruebe,
Y que Utu contemple este espectáculo con mirada alegre!»

El gipar era una de las salas del templo, tal vez la más sagrada, escondida y oculta. Inanna, prestando oídos a la súplica de Enmerkar, le aconseja que busque un heraldo (mensajero) capaz de franquear los imponentes montes de Anshan, que separan Uruk de Aratta, y le promete que el pueblo de Aratta se le someterá y realizará los trabajos que él desea:

Inanna, patrona de Uruk

La que es […] las delicias del santo dios An,
la reina que vigila el país Alto,
la Dama cuyo khôl es Amaushumgalanna,
Inanna, la reina de todos los países.
Respondió a Enmerkar, el hijo de Utu:
«Ven, Enmerkar, voy a darte un consejo;
sigue mi consejo;
Voy a decirte una palabra, atiende:
Escoge un heraldo diserto entre […];
Que las augustas palabras de la elocuente Inanna
le sean transmitidas en […]
Hazle trepar por las montañas entonces […]
Hazle descender de las montañas […]
Delante del […] de Anshan
Que se prosterne como un joven cantor.


Sobrecogido de terror por las grandes montañas,
Que ande por el polvo.
Aratta se someterá a Uruk:
Los habitantes de Aratta,
habiendo bajado de sus altas tierras
las piedras de las montañas,
construirán para ti la gran Capilla,
erigirán para ti el gran Santuario,
harán surgir para ti el gran Santuario,
el Santuario de los dioses.


Aplicarán a tu favor tus órdenes sublimes a Kullab,
te construirán el Abzu como una montaña centelleante,
te harán brillar Eridú como un monte,
te harán surgir la gran Capilla del Abzu como una gruta.
Y tú, cuando al salir del Abzu repetirás los cánticos,
cuando tú traerás de Eridu las leyes divinas,
cuando tú harás florecer la noble dignidad de En como un…,
Cuando tú colocarás la corona sobre tu cabeza en Uruk, en Kullab.
El […] de la gran Capilla será llevado al gipar.
El […] del gipar será llevado a la gran Capilla.
Y el pueblo admirará y aprobará,
Y Utu contemplará este espectáculo con mirada alegre.


Los habitantes de Aratta […]
Se hincarán de rodillas ante ti, igual que los carneros del País Alto.
¡Oh, santo «pecho» del Templo,
tú, que avanzas como un Sol naciente.
Tú, que eres su proveedor bienamado.
Oh […], Enmerkar, hijo de Utu, ¡gloria a ti!»

El heraldo (mensajero)

Enmerkar envía un heraldo, con la misión de advertir al señor de Aratta de que entrará en su ciudad y la destruirá si él mismo y su pueblo, no le entregan los metales y piedras preciosas para construir y decorar el templo de Enki:

El rey prestó oídos a las palabras de la santa Inanna,
escogió un heraldo diserto entre […]
Le transmitió las augustas palabras de la elocuente Inanna en […]:
«Trepa por las montañas […],
desciende de las montañas […],
delante de […] de Anshan.
Prostérnate como un joven cantor.
Sobrecogido de terror por las grandes montañas,
anda por el polvo.
Oh, heraldo, dirígete al señor de Aratta y dile:
“Yo haré huir los habitantes de esta ciudad
como el pájaro que desierta de su árbol.


Yo les haré huir como un pájaro hasta el nido próximo,
yo dejaré Aratta desolada como un lugar de […]
Yo cubriré de polvo,
como una ciudad implacablemente destruida,
Aratta, esta mansión que Enki ha maldecido.
Sí, yo destruiré ese lugar,
como un lugar que se reduce a la nada.
Inanna se ha alzado en armas contra ella.
Ella le había aportado su palabra, pero ella la rechaza
como un montón de polvo,
yo amontonaré el polvo sobre ella.


¡Cuando ellos habrán hecho […] el oro de su mineral en bruto,
exprimido la plata […] de su polvo,
labrado la plata […]
Sujetado las albardas sobre los asnos de la montaña,
El […] Templo de Enlil, el Joven, de Sumer,
Escogido por el señor Nudimmud en su corazón sagrado,
los habitantes del país Alto de las divinas leyes puras
me lo construirán.
Me lo harán florecer como el boj,
me lo harán brillar
como Utu saliendo del ganun,
Y me adornarán su umbral!”»

Para impresionar más al señor de Aratta, el heraldo deberá recitarle el «encanto de Enki», del cual no traducimos aquí el texto. Este encanto describe cómo este dios había puesto fin a la «edad de oro» del tiempo en que Enlil poseía el imperio universal sobre la tierra y sus habitantes.

El heraldo, pues, después de haber atravesado las siete montañas, llega a Aratta y repite fielmente las declaraciones de su amo y señor al rey de la ciudad, pidiéndole una respuesta. Este último, sin embargo, se niega:

El heraldo escuchó la palabra de su rey.
Durante toda la noche viajó a la luz de las estrellas,
durante el día, viajó en compañía de Utu el Celestial.
Las augustas palabras de Inanna […]
le habían sido traídas en […]
Escaló las montañas […], bajó de las montañas […]
Delante el […] de Anshan,
Se prosternó como un joven cantor.
Sobrecogido de terror por las grandes montañas,
anduvo por el polvo.
Franqueó cinco montañas, seis montañas, siete montañas.
Elevó los ojos, se acercó a Aratta.
En el patio del Palacio de Aratta puso alegremente los pies,
proclamó el poderío de su rey
Y transmitió reverentemente la palabra salida de su corazón.


El heraldo dijo al señor de Aratta:
—Tu padre, mi rey, me ha enviado a ti,
el rey de Uruk, el rey de Kullab, me ha enviado a ti.
—¿Qué ha dicho tu rey? ¿Cuáles son sus palabras?
—He aquí lo que ha dicho mi rey, he aquí cuáles son sus palabras.
Mi rey, digno de la corona desde su nacimiento,
El rey de Uruk, el Dragón amo y señor de Sumer que […] como un […],
El carnero cuya fuerza principesca
colma hasta las ciudades del País Alto,
El pastor que […],
Nacido de la Vaca fiel al corazón del País Alto,
Enmerkar, el hijo de Utu, me ha enviado a ti.


Mi rey, he aquí lo que ha dicho:
«Yo haré huir los habitantes de esa ciudad
como el pájaro […] que deserta de un árbol.
Yo los haré huir como un pájaro huye hacia el próximo nido.
Yo dejaré Aratta desolada como un lugar de…
Yo cubriré de polvo,
como una ciudad implacablemente destruida,
Aratta, esa morada que Enki ha maldecido.
Sí, yo destruiré ese lugar
como un lugar que se reduce a la nada.
Inanna se ha alzado en armas contra ella.
Ella le había aportado su palabra, pero ella la rechaza.
Como un montón de polvo,
yo amontonaré el polvo sobre ella.


¡Cuándo habrán hecho […] oro de su mineral en bruto
Exprimido la plata […] de su polvo,
Labrado la plata […],
Sujetado las albardas sobre los asnos de la montaña,
El […] Templo de Enlil, el Joven, de Sumer,
Escogido por el señor Enki en su corazón sagrado,
los habitantes del País Alto de las divinas leyes puras
me lo construirán,
me lo harán florecer como boj,
me lo harán brillar
como Utu saliendo del ganun,
Y me adornarán su umbral!»
«Ordena ahora lo que yo habré de decir a este respecto
Al Ser consagrado que lleva la gran barba de lapislázuli,
A aquel del cual la Vaca poderosa […]
[…] el país de las divinas leyes puras,
A aquel cuya simiente se ha esparcido
en el polvo de Aratta,
A aquel que ha bebido la leche de la ubre de la Vaca fiel,
A aquel que era digno de reinar en Kullab,
país de todas las grandes leyes divinas,
A Enmerkar, el hijo de Utu.
Yo le llevaré esta palabra como una buena palabra,
dentro del templo de Eanna,
En el gipar que está cargado de frutos
como una planta verdeante […],
Yo la llevaré a mi rey, el señor de Kullab.»

El rey de Aratta no retrocede

Pero el señor de Aratta se niega a ceder ante Enmerkar, y a su vez se proclama, él también, protegido de Inanna; es ella, quien le ha colocado en el trono de Aratta, y dice lo siguiente:

«Oh, heraldo, dirígete a tu rey,
el señor de Kullab, y dile:
“A mí, el señor digno de la mano pura,
La real […] del cielo,
la Reina del cielo y de la tierra,
La Dueña y Señora de todas las leyes divinas, la santa Inanna,
Me ha traído a Aratta, el país de las puras leyes divinas,
Me ha hecho cercar la ‘cara del País Alto’
como de una inmensa puerta.
¿Cómo sería posible entonces que Aratta se sometiese a Uruk?
¡No! ¡Aratta no se someterá a Uruk! ¡Vete y díselo!”

Entonces, el heraldo le informa de que Inanna ya no está de su lado, sino que, siendo como es «Reina del Eanna, en Uruk», ha prometido a Enmerkar la sumisión de Aratta. El heraldo respondió al señor de Aratta:

«La gran Reina del cielo,
que cabalga las formidables leyes divinas,
Que habita en las montañas del País Alto, del país de Shuba,
Que adorna los estrados del País Alto, del País de Shuba,
Porque el señor, mi rey, que es su servidor,
Ha hecho de ella la “Reina del Eanna”,
¡El señor de Aratta se someterá!
Así se lo ha dicho ella en el palacio de ladrillos de Kullab.»

El señor de Aratta, “consternado y afligidísimo” por esta noticia, encarga al heraldo de incitar a Enmerkar a recurrir a las armas, manifestando que él, por su parte, preferiría un combate singular entre dos campeones, designados cada uno de ellos por los dos bandos contendientes.

Una disputa entre Uruk y Aratta

Sin embargo, continúa diciendo, puesto que Inanna se ha declarado en contra de él, estaría dispuesto a someterse a Enmerkar, con la única condición de que éste le envíe grandes cantidades de grano. El heraldo regresa apresuradamente a Uruk y, en el patio del Parlamento, da el mensaje a Enmerkar.

Antes de ponerse a actuar, Enmerkar efectúa diversas operaciones enigmáticas, que parecen formar parte de un ritual. Después, habiendo tomado consejo de Nidaba, diosa de la Sabiduría, hace cargar de grano sus acémilas y ordena al heraldo que las conduzca a Aratta y que las entregue allí al señor de aquella ciudad.

Pero el heraldo exportador, al mismo tiempo, de un mensaje en el cual Enmerkar, jactándose de su propia gloria y de su poderío, reclama al señor de Aratta cornalina y lapislázuli. A su llegada, el heraldo descarga el grano en el patio del palacio y transmite su mensaje. El pueblo, alegre y gozoso, entusiasmado por la traída del grano, está dispuesto a entregar a Enmerkar la cornalina pedida y a hacerle construir sus templos por los «ancianos».

Pero el encolerizado señor de Aratta, después de haberse jactado, a su vez, de su gloria y de su poderío, toma a cuenta suya la demanda que le ha hecho Enmerkar y, en los mismos términos que éste, le reclama la entrega de cornalina y lapislázuli. Al regreso del heraldo, parece, según el texto, que Enmerkar consulta los presagios y se sirve, a tal efecto, de una caña sushima que él hace pasar «de la luz a la sombra» y «de la sombra a la luz», y que termina por cortar (?).

Un combate entre dos campeones

Después vuelve a enviar al heraldo a Aratta; sin embargo, esta vez, por todo mensaje, se contenta con confiarle el cetro. La vista de éste parece suscitar un gran terror en el señor de Aratta, el cual consulta su Shatammu (especie de superiores eclesiásticos), dignatario de la corte, y después de haber evocado con gran amargura la penosa situación en que la enemistad de Inanna coloca a él y a su pueblo, parece dispuesto a ceder a las exigencias de Enmerkar.

No obstante, cambiando de parecer, desafía de nuevo a este último y, volviendo a su primera idea, insiste en proponer un combate singular entre dos campeones escogidos cada uno por su bando. Así, «será conocido quién es el más fuerte». El desafío, expresado en términos enigmáticos, estipula que el combatiente escogido no debe ser «ni negro, ni blanco, ni moreno, ni rubio, ni moteado» (lo que podría entenderse como si quisiera tratarse del uniforme del guerrero).

Portador de este nuevo cártel del desafío, el heraldo regresa de nuevo a Uruk. Enmerkar le ordena entonces volverse a Aratta con un mensaje que consta de tres puntos:

  1. Él, Enmerkar, acepta el desafío del señor de Aratta y está dispuesto a enviarle uno de sus hombres para que combata contra el campeón del señor de Aratta.
  2. Exige que el señor de Aratta amontone en Uruk, para Inanna, el oro, la plata, el lapislázuli y las piedras preciosas.
  3. Amenaza de nuevo a Aratta con la destrucción total, si su señor y su pueblo no le traen «las piedras de la montaña» para construir y decorar el santuario de Enki en Eridú.

Final de la historia

El pasaje que sigue en el texto ofrece un notabilísimo interés. Si la interpretación es correcta, indicaría, nada menos, que nuestro Enmerkar habría sido, en opinión del poeta, el primero que escribió en tabletas de arcilla: habría inventado este procedimiento para remediar cierta dificultad de elocución que hacía a su heraldo incapaz de repetir el mensaje (¿tal vez a causa de su extensión?).

Pero volvamos al cuento: el heraldo entrega la tableta al señor de Aratta y aguarda su respuesta. ¡Gran sorpresa! De repente, dicho señor recibe ayuda, de un origen totalmente inesperado. Ishkur, el dios sumerio de la lluvia y la tempestad, le trae trigo y habas salvajes y se las amontona delante. En vista de lo cual, el señor de Aratta recobra el valor. Lleno de confianza, advierte al heraldo de Enmerkar que Inanna no ha abandonado en absoluto a Aratta «ni su casa ni su lecho de Aratta».

Después de lo cual, como quiera que el texto del poema sólo está conservado en fragmentos, se hace difícil percatarse de la sucesión de los acontecimientos. Únicamente una cosa parece clara, y es que el pueblo de Aratta, a fin de cuentas, llevó el oro, la plata y el lapislázuli pedido para Inanna a Uruk, donde lo dejó todo amontonado en el patio del Eanna.

Referencias

  • Tablilla de arcilla del Museo de Antigüedades Orientales de Estambul (Turquía), datada en el XXI a.C.
  • Tomado de Kramer, S. (1985) La historia empieza en Sumer. Orbis: Barcelona, pp. 38-43.

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